jueves, 24 de noviembre de 2016

Semillas de una Vocación (Discerniendo una Vocación – Parte 5)




SEMILLAS DE UNA VOCACIÓN (Discerniendo una Vocación – Part 5)

La persona así llamada, invitada por Jesús a este tipo de vocación extraordinaria tal vez no pueda expresarlo en palabras.  Pero sí, siente algo en su corazón, algo jalándolo, empujándolo, impulsándolo, llevándolo hacia Cristo.  Sí, reconoce lo bueno en la vocación del matrimonio y la vida familiar, y se siente atraído a lo mismo en el nivel natural.  Pero también se siente una atracción más sutil pero a la vez más profunda y más poderosa hacia un discipulado radical que le pide todo en entregarse completamente a Cristo.  Y tal vez se sienta que a pesar de lo bueno y la belleza del matrimonio y tener una familia propia, todavía eso no sería suficiente para satisfacer los deseos de su corazón.  Como el joven rico en el Evangelio la persona así llamada pregunta a Jesús: “¿Qué más me falta?” y oye en su interior la voz de Jesús respondiendo: “Si quieres ser perfecto, anda, vende lo que tienes y dáselo a los pobres, y tendrás tesoro en el cielo.  Luego ven y sígueme” (Mt 19, 20-21).  Estas son las semillas de una vocación.

Pero, para poder germinar, crecer y dar fruto en una vocación realizada, es absolutamente necesaria el agua de la oración.  Si no, el joven corre el riesgo de irse triste como el joven rico en el Evangelio por no poder responder a la invitación de Jesús.  Lo que pasa entre el joven llamado y Jesús en la oración es algo semejante de lo que pasa entre una pareja en un noviazgo.  Van conociéndose cada vez más, profundizando su relación hasta que la única posibilidad que pueden imaginarse es que se casen y pasen el resto de sus vidas juntos.  Lo que pasa con el joven escogido en la oración es que, por leer las Sagradas Escrituras, por hablar con Jesús corazón a corazón, y más que todo por pasar tiempo en silencio en su Presencia Eucarística, asistir en la Misa lo más frecuentemente posible y recibir a Jesús en el Santísimo Sacramento, es que el sentido de esta vocación crece, el deseo de seguirla se profundiza y el “tamaño” del “lugar” de Cristo en la vida del joven se agranda hasta que el joven no puede imaginarse la vida sin vivir exclusivamente dedicado a Cristo.


Es importante decir, en este punto, que todos los cristianos, a pesar de su particular vocación o estado de vida, comparten una dignidad igual y común, arraigada en los Sacramentos del Bautismo y Confirmación, y que todos son llamados a la santidad.  Y que todos juntos expresan la totalidad del misterio de Cristo.  Los laicos se distinguen por su actividad en el mundo y su misión de buscar el Reino de Dios y anunciar el Evangelio en medio de las realidades temporales, ordenándolas según la voluntad de Dios.  Los sacerdotes diocesanos se destacan, a través de su consagración sacramental en las Órdenes Sagradas, por su ministerio apostólico de “apacentar el pueblo de Dios con la enseñanza de la Palabra, la administración de los Sacramentos y el ejercicio de la potestad sagrada al servicio de la comunión eclesial.”  Los religiosos se caracterizan por abrazar los consejos evangélicos, es decir, “la forma de vida practicada personalmente por Jesús y propuesta por Él a los discípulos… [una] especial conformación con Cristo virgen, pobre y obediente” (véase Papa San Juan Pablo II, Vida Consagrada, nos. 31-32).

P. Heraldo Brock, CFR

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